Algo fuera de lo normal se ha instalado en Tigres. Desde que Ricardo «Tuca» Ferretti dejó el banquillo en 2021, el club pasó de ser sinónimo de estabilidad a convertirse en una especie de trituradora de entrenadores: contratos que no se renuevan a última hora, técnicos despedidos en pleno torneo, vestidores fracturados y proyectos que se desmoronan justo cuando parecen consolidarse. De Ferretti a Guido Pizarro, con escalas en Miguel Herrera, Diego Cocca, Marco Antonio «Chima» Ruiz, Robert Dante Siboldi y Veljko Paunovic, el desenlace casi siempre es el mismo: ruptura, enojo y acusaciones cruzadas.
Lo más llamativo es que no se trata de una simple mala racha deportiva. Cada separación tiene su detonante particular, pero todas comparten un hilo conductor: la relación entre cuerpo técnico, directiva y figuras del plantel dejó de ser estable. Donde antes había una estructura sólida y una jerarquía respetada, hoy predominan desconfianza, roces internos y decisiones abruptas.
El final abrupto de la era Tuca: el primer gran quiebre
La salida de Ricardo «Tuca» Ferretti en mayo de 2021 cerró una etapa histórica y marcó el tono de lo que vendría después. Durante meses, el entrenador trabajó convencido de que ampliaría su vínculo por dos años más. La dirigencia encabezada aún por Alejandro Rodríguez le había transmitido esa idea públicamente, mientras en los pasillos ya se gestaba un cambio de mando.
Sinergia Deportiva, brazo operativo de Cemex, preparaba una reestructuración profunda y trajo a Mauricio Culebro con una visión distinta: consideraban agotado el ciclo de Ferretti, su estilo de juego y su resistencia a una renovación generacional del plantel. El brasileño defendía a capa y espada a sus veteranos y apostaba por continuidad, justo lo contrario de lo que se quería desde arriba.
A finales de abril de 2021, cuando el técnico esperaba solo firmar el nuevo contrato, le notificaron que no habría renovación al término del Guard1anes 2021. Para entonces, buena parte de la información ya se había filtrado a la prensa. Ferretti se enteró de detalles por los medios, algo que interpretó como una falta de respeto después de 11 años y cinco títulos de Liga MX. El vestidor, con referentes como André-Pierre Gignac, Nahuel Guzmán y Guido Pizarro, se cargó de tensión.
La eliminación en repechaje ante Atlas selló la historia. El Tuca se marchó sin una conferencia de despedida compartida con la directiva, sin el homenaje que muchos esperaban. Su adiós no solo significó el fin de la etapa dorada, sino también un cambio de cultura: desde ese momento, los ciclos se hicieron cortos y las relaciones, frágiles.
Miguel Herrera: resultados aceptables, palabras imperdonables
El relevo lo tomó Miguel «Piojo» Herrera. En la cancha, sus números fueron defendibles: llevó al equipo a fases finales y alcanzó dos semifinales. Sin embargo, el problema no fue tanto lo que hizo con el balón en juego, sino lo que dijo frente a los micrófonos.
Tras la eliminación ante Pachuca en el Apertura 2022, Herrera declaró que el plantel de Tigres «se había vuelto viejo» para el estilo intenso que él pretendía implementar. La frase cayó como una bomba en el núcleo del vestidor -otra vez Gignac, Nahuel, Pizarro- y en la cúpula encabezada por Culebro. En el club interpretaron esas declaraciones como un intento de responsabilizar a la plantilla del fracaso y, de paso, devaluar públicamente a sus principales activos.
A partir de ahí, la convivencia se volvió insostenible. Lo que afuera parecía un cierre de ciclo deportivo fue, puertas adentro, una ruptura de confianza. Pocas semanas después, el Piojo fue cesado. Deportivamente tenía argumentos para seguir; políticamente, ya no tenía margen.
Diego Cocca: el proyecto que duró cinco partidos
Diego Cocca llegó en enero de 2023 con el prestigio de haber logrado el bicampeonato con Atlas y al frente de una de las nóminas más potentes del país. Todo apuntaba a un proyecto de mediano plazo. Sin embargo, no duró ni dos meses en el cargo: solo dirigió cinco partidos oficiales.
Mientras la Federación Mexicana buscaba nuevo seleccionador, Cocca negoció en paralelo y terminó aceptando la oferta del Tri. Cuando en Tigres confirmaron que el entrenador ya había dado el «sí» a la selección, la respuesta fue contundente: lo despidieron de inmediato.
La directiva fue clara en su mensaje público: querían gente plenamente comprometida con la institución y consideraron la actuación del técnico como una falta de respeto. Más allá del derecho de Cocca a aspirar al banquillo nacional, la forma -las charlas a espaldas del club y la sensación de que Tigres era un simple puente- rompió cualquier posibilidad de continuidad.
Chima Ruiz: el interinato que se desbordó
En medio del incendio que dejó la salida de Cocca, el elegido para tomar el mando fue Marco Antonio «Chima» Ruiz, hombre de casa, cercano a fuerzas básicas y a la idiosincrasia del club. La apuesta apuntaba a estabilizar el vestidor y ganar tiempo mientras se definía un proyecto más sólido.
El experimento no funcionó. Ruiz y su cuerpo técnico carecieron de la experiencia necesaria para gestionar un vestidor cargado de egos y jerarquías. Los resultados se desplomaron: racha de derrotas en el Estadio Universitario, un equipo sin idea clara de juego y una sensación creciente de que el banquillo les quedaba grande.
La derrota en casa ante Mazatlán fue el punto sin retorno. Con el torneo en riesgo y la presión de la afición al máximo, la dirigencia decidió cortar el interinato. A diferencia de otros casos, aquí el factor principal fue el rendimiento, pero el trasfondo seguía siendo el mismo: un entorno tan tenso que cualquier titubeo se pagaba con el puesto.
Robert Dante Siboldi: campeón, querido… y despedido por desconfianza
El siguiente en la lista fue Robert Dante Siboldi, quien llegó, como otros, en modo «bombero». Revivió a un grupo golpeado, reconstruyó la confianza del vestidor y, sobre todo, entregó resultados: campeón ante Chivas en 2023 y finalista contra América en el siguiente torneo. Afición y jugadores parecían alineados con él.
Todo indicaba que su continuidad estaba garantizada. Ya se hablaba de una renovación por dos años cuando, de forma sorpresiva, las negociaciones se rompieron. Desde dentro comenzaron a circular versiones de que miembros de su cuerpo técnico habían filtrado información táctica a Rayados de Monterrey en la serie de cuartos de final del Clausura 2024.
Siboldi rechazó categóricamente esas acusaciones y emprendió acciones legales para limpiar su nombre, pero para la directiva el daño estaba hecho: hablaron de «pérdida de confianza» y cerraron el ciclo. La decisión dejó al entorno dividido: deportivamente, el despido se veía injusto; internamente, el mensaje era claro: en la nueva Tigres, cualquier sombra de duda basta para romper el vínculo.
Veljko Paunovic: disciplina extrema y vestidor al límite
La era de Veljko Paunovic arrancó con expectativas elevadas. Había demostrado capacidad para ordenar equipos y sacarles rendimiento. Y en términos de resultados, Tigres no iba mal: en el Clausura 2025 marchaba tercero y venía de vencer a Necaxa. Sin embargo, la convivencia interna se convirtió en una bomba de tiempo.
El serbio implantó una disciplina de corte casi militar: prohibición de celulares en ciertas áreas del club, veto a aretes, tintes llamativos y hasta al chicle en entrenamientos y concentraciones. En un vestidor plagado de figuras con trayectoria y personalidad, la medida fue vista como una imposición excesiva, más cercana a un cuartel que a un club de estrellas.
El detonante llegó con la lesión de Nico Ibáñez. Según se supo desde el entorno del equipo, el preparador físico del cuerpo técnico de Paunovic habría exigido al delantero más allá de lo razonable durante una sesión, provocando una molestia que terminó en lesión. Guido Pizarro, capitán en ese momento, encaró al staff técnico para reclamar la gestión de las cargas de trabajo.
La discusión subió de tono y evidenció que la relación entre el grupo y el entrenador estaba rota. Los jugadores sintieron que el cuerpo técnico no los escuchaba; el cuerpo técnico veía al vestidor como un grupo rebelde y consentido. Para la directiva, aquello fue una señal inequívoca de que el proyecto no resistiría más fricciones. Paunovic salió a pesar de que la tabla lo respaldaba.
Guido Pizarro como técnico: de líder en la cancha a chocar con la planeación
Tras la salida de Paunovic, Tigres apostó por alguien que conociera a fondo la entraña del club: Guido Pizarro. Ídolo de la afición, voz respetada en el vestidor, símbolo del ciclo dorado. La idea era simple: que alguien con legitimidad interna sirviera de puente entre directiva y jugadores y devolviera la armonía perdida.
El problema fue que Pizarro asumió un rol distinto, con otras exigencias. Como técnico, se encontró con una planeación deportiva marcada por decisiones desde los despachos que no siempre coincidían con su lectura de la plantilla. Comenzaron los desacuerdos sobre altas y bajas, tipos de refuerzos y plazos de renovación para los veteranos. Lo que para él era una necesidad deportiva, para la directiva era un costo financiero o una apuesta de riesgo.
Con el tiempo, esos desencuentros escalaron. Pizarro pedía perfiles específicos que no llegaban o jugadores que se quedaban sin espacio por decisiones corporativas. El mensaje hacia adentro se volvió confuso: el entrenador reclamaba herramientas que el club no le daba, y el club, a su vez, exigía resultados inmediatos. Hacia mediados de 2026, el desgaste era tal que ambas partes optaron por separarse. Otra vez, con la sensación de ruptura más que de cierre natural de ciclo.
Un patrón que ya no se puede ignorar
Visto en conjunto, el caso Tigres no es una simple secuencia de «mala suerte» con entrenadores. Desde 2021 se repiten ciertos elementos:
– Salidas marcadas por formas cuestionadas: filtraciones, anuncios tardíos, mensajes contradictorios.
– Desconfianza mutua entre banquillo y dirigencia, donde cualquier sospecha deriva en ruptura inmediata.
– Vestidor con figuras históricas que acumulan poder e influencia, lo que puede chocar con modelos de disciplina rígida.
– Una exigencia deportiva y mediática altísima, que deja poco margen para procesos largos o para absorber conflictos internos.
La combinación de un plantel veterano con mucha voz, una directiva que cambió de paradigma y una presión constante por títulos generó un ecosistema en el que la estabilidad se volvió un lujo.
¿Crisis estructural o transición mal gestionada?
Más que una «racha de mala suerte», lo que vive Tigres parece ser una transición de modelo mal encauzada. Se intenta pasar de un club con una figura dominante en el banquillo -como lo fue Ferretti- a una organización donde la dirigencia toma la batuta del proyecto. Ese cambio, en teoría legítimo, se ha implementado con poca claridad en las reglas del juego.
Un club que quiere apostar por una visión corporativa necesita protocolos claros: cómo se nombra y se despide a un técnico, qué margen tiene para decidir plantillas, cómo se resuelven los conflictos con los líderes del vestidor y cuál es la línea que ningún actor puede cruzar. En Tigres, muchas de estas fronteras parecen difusas, y eso deriva en choques constantes.
El rol del vestidor: liderazgo, ego y desgaste
Otro punto clave es el peso del vestidor. Durante la era dorada, la figura de Tuca servía de escudo y al mismo tiempo de filtro. Las jerarquías estaban claras: el técnico mandaba, los líderes ejecutaban y la directiva acompañaba. Con su salida, ese equilibrio se rompió.
Los referentes, acostumbrados a cierto tipo de gestión, se encontraron con entrenadores de perfiles muy distintos entre sí: uno frontal y mediático como Herrera, otro pragmático y de paso fugaz como Cocca, un interino sin experiencia como Chima, un bombero exitoso como Siboldi, un disciplinario férreo como Paunovic y, finalmente, uno de los suyos como Pizarro. Esa rotación de estilos aumentó el cansancio y la resistencia del grupo.
Cuando un vestidor se siente en permanente evaluación de proyectos sin continuidad, su nivel de tolerancia baja. Un cambio más de reglas, un nuevo choque con la directiva o una lesión derivada de cargas excesivas se convierten en detonantes que en otros contextos quizá se habrían manejado puertas adentro.
Lo que Tigres necesita corregir para romper el ciclo
Si Tigres quiere dejar atrás este patrón de divorcios conflictivos, deberá asumir que el problema no es solo quién se sienta en el banquillo, sino cómo se construye el entorno alrededor del entrenador. Algunas claves para un cambio real pasan por:
– Establecer procesos transparentes en la contratación y salida de técnicos, con comunicación directa y sin filtraciones.
– Definir, desde el inicio, el grado de control que el entrenador tendrá sobre la plantilla y sostener ese acuerdo.
– Ordenar las jerarquías en el vestidor, de modo que el liderazgo de los históricos sume y no condicione cada proyecto.
– Aceptar que una renovación generacional requiere decisiones dolorosas, pero también tiempos y formas que eviten fracturas internas.
Mientras estas cuestiones no se atiendan, el club corre el riesgo de seguir atrapado en la misma dinámica: técnicos que llegan con ambición, resultados que no siempre son malos, y salidas que dejan más preguntas que respuestas.
Un gigante en encrucijada
Tigres sigue siendo, por inversión, infraestructura y respaldo social, uno de los gigantes del fútbol mexicano. Pero ese poder no garantiza estabilidad por sí mismo. La encrucijada actual no tiene que ver solo con ganar o perder un torneo, sino con redefinir qué tipo de institución quiere ser.
La secuencia que va de Ferretti a Guido Pizarro es, en el fondo, la crónica de un club que no ha logrado alinear sus tres ejes fundamentales: dirigencia, banquillo y vestidor. Mientras esa armonía no se recupere, los nombres seguirán cambiando en la zona técnica, pero el patrón de fondo seguirá siendo el mismo: entrenadores que salen peleados y una sensación permanente de que «algo anormal pasa en Tigres».
