«No era lo bastante masculino para esa familia»: la confesión de Chicharito sobre su divorcio con Sarah Kohan
Javier «Chicharito» Hernández volvió a hacer ruido fuera de la cancha al hablar sin filtros de uno de los episodios más complejos de su vida: su divorcio de la modelo australiana Sarah Kohan, madre de sus dos hijos. En un momento en el que suele ser reservado con su intimidad, el máximo goleador de la Selección Mexicana decidió abrirse y ponerle palabras a un proceso que, según reconoce, lo confrontó con su rol como hombre, pareja y padre.
El delantero recordó que su historia con Kohan comenzó con fuerza y terminó de manera abrupta. Se casaron en 2019 y, en apariencia, vivían una etapa de ensueño: él consolidado en Europa, ella con una carrera en ascenso como modelo e influencer. De esa unión nacieron Noah, el 15 de junio de 2019, y Nala, el 5 de octubre de 2020. Sin embargo, apenas un par de años después, la relación se rompió y la pareja decidió separarse, a pesar de que ya tenían una familia formada.
En su podcast «Learning to be Human», Hernández relató que tanto él como Sarah atravesaban un torbellino emocional justo en los momentos clave de la relación: embarazo, nacimiento de los hijos y adaptación a una nueva dinámica familiar. «Yo estaba pasando por muchísimas cosas personales y creo que también ella. Nadie sabe cómo ser madre, cómo te vas a sentir, cómo vas a reaccionar», confesó, reconociendo que el cambio que supone la llegada de los hijos puede desbordar a cualquiera, incluso a quienes aparentan tener una vida perfecta.
Uno de los puntos más crudos de su testimonio llegó cuando habló de su papel dentro de la familia: «Yo no estaba siendo lo suficientemente masculino para sostener esa familia, y creo que a ella le faltó también ser muchísimo más femenina». Con esa frase, el atacante mexicano dejó ver que en el centro del conflicto no sólo había problemas de convivencia o de carácter, sino también expectativas muy marcadas sobre lo que «debe» ser un hombre y una mujer dentro de un matrimonio.
Chicharito explicó que en aquel entonces creía que casarse y formar una familia sería algo casi automático: una consecuencia lógica del amor, sin mayores complicaciones. «Yo pensaba en ese momento que estar casado y tener una familia iba a ser algo distinto, que iba a ser fácil de hacerse», recordó. Pero la realidad lo golpeó de frente: el compromiso, las responsabilidades, la distancia con sus raíces y la presión profesional terminaron por revelar grietas que la pareja no supo -o no pudo- reparar.
Cuando vivía esta etapa, Hernández ya jugaba en el Sevilla, tras su paso por el West Ham United. Entre viajes, entrenamientos, cambios de ciudad y la exigencia constante de rendir al máximo, el delantero se vio obligado a intentar equilibrar una carrera de élite con su recién estrenada paternidad. Esa doble exigencia, admite, le hizo darse cuenta de que no estaba preparado emocionalmente como pensaba: no se sentía capaz de «sostener» a su familia del modo que creía que tenía que hacerlo.
El mexicano también subrayó que no toda la responsabilidad recaía sobre él, pero evitó caer en reproches directos. Con cautela, señaló que a Sarah también le faltó encontrar su propio equilibrio en el rol de madre y pareja, en un contexto en el que ambos estaban aprendiendo sobre la marcha. En lugar de quedarse en la queja, Hernández puso el énfasis en la complejidad de la maternidad y la paternidad: nadie recibe un manual, y muchas veces los errores se cometen mientras se intenta hacer lo mejor posible.
Uno de los mensajes centrales de su relato es que, pese a la ruptura, ambos priorizaron el bienestar de sus hijos. «Lo más importante era que cada uno nos fuéramos por nuestro caminito, por nuestra vida, para darle a nuestros hijos el mejor ejemplo de cómo poder ser feliz», explicó. Para él, seguir juntos a cualquier precio habría sido un error, pues habrían terminado mostrándole a Noah y a Nala una relación cargada de frustración y resentimiento.
Su visión rompe con la idea tradicional de que una familia sólo es «completa» si los padres permanecen unidos. En lugar de eso, Chicharito defiende que una separación puede ser una decisión responsable cuando la convivencia se vuelve dañina. Según su propio relato, él y Sarah entendieron que seguir forzando un matrimonio deteriorado podía impactar negativamente en los niños, mientras que ver a cada uno rehacer su vida con estabilidad emocional podría convertirse en una lección de autenticidad y amor propio.
Detrás de su frase «no era suficientemente masculino para esa familia» también se esconde una reflexión sobre los estereotipos de género que todavía pesan en muchas relaciones. Para Hernández, «ser masculino» se confundía con ser infalible, proveedor perfecto y sostén emocional inquebrantable. Al no cumplir con ese molde, se sintió insuficiente, un sentimiento que, según deja entrever, terminó erosionando aún más la relación. Su testimonio pone sobre la mesa que la presión de «ser el hombre de la casa» puede volverse una carga difícil de soportar, incluso para una estrella del futbol.
Al asumir públicamente su vulnerabilidad, el delantero lanza un mensaje que va más allá del chisme sobre su vida amorosa. Reconoce que estaba lidiando con conflictos internos, inseguridades y expectativas irreales sobre lo que significaba ser esposo y padre. Esa honestidad contrasta con la imagen de fortaleza que se suele exigir a los deportistas de élite, acostumbrados a mostrarse fuertes y en control frente a cámaras, aficionados y críticos.
Su experiencia también invita a reflexionar sobre el impacto de la fama en la vida privada. Vivir bajo la mirada constante del público intensifica cualquier crisis: cada gesto se interpreta, cada ausencia se juzga, cada decisión se convierte en noticia. En ese contexto, sostener una relación de pareja, criar hijos pequeños y, al mismo tiempo, rendir en la cancha, se convierte en un desafío donde el error no sólo duele en lo personal, sino que se multiplica en la opinión pública.
Otro aspecto que se desprende de sus palabras es el aprendizaje que le dejó el divorcio. Hernández ha repetido en distintas ocasiones que hoy está centrado en «aprender a ser humano», justamente el título de su podcast. Detrás de esa frase hay un reconocimiento: por muchos goles, fama y contratos que se acumulen, las heridas emocionales y las crisis existenciales siguen ahí. El proceso de aceptar que la relación con Sarah había terminado fue, según se interpreta de su relato, también un punto de partida para conocerse mejor y cuestionar quién quería ser como persona y como padre.
La historia con Sarah Kohan se suma a otras relaciones sentimentales que han marcado la vida del futbolista. A lo largo de su carrera se le han conocido varias parejas, pero ninguna ha tenido un impacto tan profundo en su vida como la que mantuvo con la madre de sus hijos. El matrimonio, los embarazos y la posterior separación se convirtieron en un antes y un después que hoy él mismo toma como ejemplo para hablar de responsabilidad afectiva, errores y crecimiento personal.
Más allá del morbo, la confesión de Chicharito deja varias lecciones. Por un lado, normaliza la idea de que incluso figuras de alto perfil pueden sentirse rebasadas por la vida familiar. Por otro, plantea que hacerse cargo de las propias limitaciones -reconocer que no se estaba listo o que no se supo responder a la altura de las circunstancias- es un paso clave para no seguir repitiendo patrones dañinos. Y, sobre todo, subraya que el amor hacia los hijos puede ser el motor para tomar decisiones difíciles, como una separación, cuando eso significa ofrecerles un entorno más sano y coherente.
En el trasfondo de su relato también aparece una crítica implícita a la idealización del matrimonio. Chicharito creyó que formar una familia sería «fácil», casi una consecuencia natural de estar enamorado. Sin embargo, la convivencia diaria, la presión económica y profesional, la crianza de los hijos y el propio crecimiento individual pueden llevar a dos personas en direcciones distintas. Aceptar que el amor no siempre basta para sostener un proyecto de vida en común es otra de las conclusiones que se desprenden de sus palabras.
Hoy, con más perspectiva, Hernández parece entender que su historia con Sarah forma parte de un proceso más amplio: aprender, equivocarse, asumir responsabilidades y buscar una versión más honesta de sí mismo. Su frase sobre no haber sido «suficientemente masculino» para esa familia ya no suena sólo como un reproche hacia sí mismo, sino como el reconocimiento de que necesita redefinir qué significa ser hombre, pareja y padre lejos de estereotipos rígidos y expectativas imposibles.
Así, el divorcio que en su momento acaparó titulares por el escándalo y la polémica, se resignifica en boca del propio protagonista como una experiencia dolorosa, sí, pero también transformadora. Una etapa que lo obligó a mirar hacia adentro y a entender que, incluso para una figura acostumbrada a los reflectores, la verdadera batalla se libra fuera de los estadios: en la intimidad de los vínculos, en la forma de ejercer la paternidad y en la valentía de aceptar cuando algo ya no funciona, por más que duela.
