“El Mundial nos vale…”: crecen las protestas, denuncias y pintas contra la CDMX y el Estadio Azteca rumbo a 2026
A poco más de 100 días para el arranque del Mundial de 2026, el Estadio Azteca continúa sumergido en una remodelación profunda para poder albergar el duelo de reapertura entre la Selección Mexicana y Portugal, previsto para marzo. Sin embargo, mientras avanzan las obras, también se intensifica el clima de inconformidad: en las inmediaciones del Coloso de Santa Úrsula volvieron a aparecer pintas y mensajes de rechazo, no solo contra el proyecto, sino directamente contra la FIFA y la Copa del Mundo.
Desde el anuncio oficial de la transformación del Azteca, las tensiones con los residentes de las colonias aledañas no han dejado de crecer. Los vecinos se han quejado de ruido constante, cierre de calles, polvo, escombros y de una movilidad cada vez más complicada. En más de una ocasión han organizado protestas para exigir soluciones, aunque esta vez las pintas no provienen exclusivamente de ellos, sino de grupos abiertamente contrarios al torneo y al organismo rector del futbol.
No es la primera vez que aparece este tipo de expresiones en la zona. Cada nueva etapa de construcción viene acompañada de carteles, mantas o grafitis que cuestionan el costo social de recibir un evento de esta magnitud. La diferencia en esta ocasión es el tono y el destinatario de los mensajes: buena parte de las consignas se dirigen explícitamente contra la FIFA y la Copa del Mundo 2026, y no solo contra la remodelación en sí o la afectación vial.
En las bardas cercanas al estadio se pueden leer frases pintadas en negro y rojo como “No queremos el Mundial”, “Primero fue Gaza, la FIFA viene por tu casa”, “FIFA = Muerte” o “El Mundial nos vale ver…”. El Azteca amaneció este lunes rodeado de estas consignas, que además de cuestionar la celebración del torneo que se inaugurará en junio, incorporan una fuerte carga política y geopolítica con lemas como “Palestina Libre”.
Las imágenes que circularon ampliamente en redes sociales muestran no solo las pintas, sino también el estado actual de la obra: muros derribados, maquinaria pesada, montones de escombros y banquetas ocupadas por materiales de construcción. Vecinos denuncian que estos obstáculos reducen carriles, bloquean accesos peatonales y complican todavía más la circulación, ya de por sí saturada, en la Calzada de Tlalpan y calles aledañas.
A poco más de 120 días para la inauguración del Mundial, las quejas por las obras de remodelación del Estadio Azteca y de la infraestructura circundante no se han detenido. Residentes insisten en que su vida cotidiana se ha visto trastocada: trayectos que antes tomaban 15 minutos ahora pueden alargarse hasta una hora, el transporte público pasa con menos frecuencia y los servicios de emergencia encuentran dificultades para moverse con rapidez en ciertas horas del día.
Uno de los puntos que más irrita a los habitantes de la zona es la percepción de que las autoridades privilegian la imagen internacional de la ciudad por encima de sus necesidades diarias. Mientras se anuncia al Azteca como uno de los escenarios estrella del Mundial 2026, los vecinos aseguran que han tenido que lidiar con calles sin mantenimiento, alumbrado deficiente y poca comunicación oficial sobre los plazos reales de las obras. Reclaman que las reuniones informativas han sido escasas y que muchas decisiones se han tomado de manera unilateral.
Las pintas contra la FIFA y contra el torneo también evidencian una crítica más amplia al modelo de organización de los grandes eventos deportivos. Los mensajes señalan a la Copa del Mundo como un negocio que, según estos colectivos, prioriza la rentabilidad y el espectáculo por encima del derecho a la vivienda, la estabilidad de los barrios y el acceso a servicios básicos. Comparaciones como “Primero fue Gaza, la FIFA viene por tu casa” buscan vincular la disputa por el territorio, los desalojos y la especulación inmobiliaria con la llegada de la justa mundialista.
Algunos especialistas en urbanismo y ciudad han venido advirtiendo desde hace meses que proyectos de esta escala suelen acelerar procesos de gentrificación y encarecimiento de la vivienda en las zonas intervenidas. En el caso del Estadio Azteca, el temor de muchos vecinos es que, tras la remodelación y la exposición mediática del Mundial, aumenten las rentas, se den nuevas inversiones inmobiliarias orientadas a sectores con mayor poder adquisitivo y, poco a poco, se desplace a la población que ha habitado ahí desde hace décadas. Estas preocupaciones se mezclan con el enojo cotidiano ante los cierres y el caos vial.
En paralelo, colectivos con una agenda principalmente política han aprovechado la visibilidad del Mundial para colocar otros temas en el debate público. De ahí la presencia de consignas como “Palestina Libre”, que buscan conectar el rechazo al torneo con una crítica a lo que consideran un sistema global de injusticias en el que el futbol de élite es solo una pieza más. Para estos grupos, la FIFA representa no solo al futbol, sino un símbolo del poder corporativo capaz de influir en gobiernos, ciudades y presupuestos públicos.
Las autoridades capitalinas, por su parte, han insistido en que la Copa del Mundo traerá beneficios económicos y de infraestructura: incremento del turismo, modernización del transporte, creación de empleos temporales y una mayor proyección internacional para la ciudad. Sin embargo, las protestas y pintas revelan una fractura en la narrativa oficial: mientras los discursos hablan de oportunidad histórica, muchos de los directamente afectados sienten que pagan el costo sin tener voz en las decisiones ni garantía de mejoras duraderas para su entorno.
Otro elemento que alimenta la inconformidad es la falta de información clara sobre medidas de mitigación. Vecinos han señalado que no se han detallado suficientes planes para reducir el ruido nocturno, reordenar temporalmente el transporte público, asegurar rutas alternas de emergencia o limpiar con frecuencia las zonas de escombros. La sensación de improvisación o de respuestas tardías se convierte en terreno fértil para la irritación y la desconfianza.
En este contexto, las pintas en las bardas del Estadio Azteca funcionan como una válvula de escape y un llamado de atención. Aunque son efímeras, condensan una serie de reclamos que van desde lo más inmediato —el tráfico, el polvo, el peligro para peatones— hasta cuestionamientos de fondo sobre el modelo de ciudad, el uso de recursos públicos y la manera en que se toman las decisiones de gran impacto. El mensaje “El Mundial nos vale ver…” resume la distancia entre quienes ven la Copa del Mundo como un sueño y quienes la perciben como una imposición ajena a sus prioridades.
De aquí a que ruede el balón, es previsible que el conflicto continúe. Mientras avanzan las obras para que el Estadio Azteca luzca listo para recibir a la Selección Mexicana y a las grandes figuras del futbol, los murales improvisados en sus alrededores recuerdan que, para una parte de la población, el verdadero marcador no se juega en la cancha, sino en las calles, en la forma en que se reorganiza el territorio y en quién gana —o pierde— con la fiesta mundialista.