«Tres delanteros es algo que no practicaste»: la decisión de Javier Aguirre que encendió el debate tras el México-Inglaterra
La eliminación de México en los Octavos de Final del Mundial 2026, con el 3-2 ante Inglaterra, dejó algo más que lamento y orgullo por la reacción final. Abrió una discusión táctica que ya domina las conversaciones: ¿fue un error de Javier Aguirre cerrar el partido con tres delanteros de área?
El enfoque más severo llegó de la mano de Ricardo «Tuca» Ferretti, quien apuntó directamente al ajuste ofensivo del «Vasco» en los minutos finales. Para el experimentado entrenador, la decisión de juntar a Raúl Jiménez, Santiago Giménez y Guillermo «Memote» Martínez terminó por desarmar una de las armas que mejor había funcionado durante el encuentro: la profundidad por fuera.
La crítica central: se perdió la profundidad
Ferretti no cuestionó la intención de Aguirre de ir con todo por el empate, sino el modo elegido. En su lectura, el momento en que el técnico decide sumar un tercer delantero de área cambia por completo la fisonomía del ataque mexicano.
«Al meter tres delanteros se perdió la profundidad», resumió el Tuca. Con esa frase apuntó a un detalle clave: antes de esa modificación, México encontraba vías de ataque por las bandas, especialmente por el costado donde Jorge Sánchez se proyectaba una y otra vez hasta línea de fondo para mandar centros con ventaja hacia sus compañeros.
Con la acumulación de nueves en el área, esa ruta se fue diluyendo. Los laterales y extremos comenzaron a tener menos líneas de pase hacia afuera y más obligación de lanzar balones frontales, sin elaboración previa ni desmarques profundos que rompieran la estructura defensiva inglesa.
Tres delanteros, un mismo espacio
El problema, según el análisis de Ferretti, no fue de nombres, sino de ocupación de espacios. Raúl Jiménez, Santiago Giménez y Guillermo Martínez comparten un mismo perfil: son rematadores de área, futbolistas que se sienten más cómodos cerca del punto de penal que abiertos en la banda o retrasados para organizar.
Al coincidir los tres al mismo tiempo, tendieron a atacar zonas muy similares, entre el área chica y el límite del área grande. En lugar de complementar sus movimientos, muchas veces se encimaron, buscando todos la misma jugada: el centro al corazón del área para intentar ganar por arriba.
«Los tres buscan la misma jugada», explicó el Tuca. Esa frase sintetiza la crítica: la presencia numérica aumentó, pero la variedad de movimientos disminuyó. México dejó de ofrecer líneas de pase por fuera y perdió el desborde que en el primer tiempo había obligado a los defensas ingleses a girarse, correr hacia su propia portería y defender incómodos.
De centros con ventaja a «hoyazos» frontales
La diferencia no estuvo solo en cuántos delanteros había, sino en cómo les llegaba la pelota. Durante buena parte del encuentro, el Tricolor había sido capaz de llegar profundo por los costados, generando centros desde zonas cercanas a la línea de fondo. Esos servicios, lanzados desde los laterales del área, suelen ser mucho más dañinos: toman a los centrales de espaldas, los obligan a retroceder y abren huecos entre ellos y el portero.
Con tres nueves acumulados en el área, esa dinámica cambió. Los desmarques hacia la banda se redujeron, los laterales se vieron más contenidos y los centros empezaron a partir desde posiciones más lejanas y frontales. Allí apareció la frase que Tuca utilizó para definir la situación: «Los centros ya no eran centros, eran hoyazos».
Ese matiz es fundamental. Los «hoyazos» permiten a los defensas ingleses replegarse, acomodarse de frente, saltar con tiempo y despejar con relativa comodidad. No hay sorpresa, no hay giros a último momento ni duelos mano a mano en carrera. El balón se vuelve previsible y, por ende, más fácil de neutralizar.
La apuesta de Aguirre: más gente en el área, ¿más peligro?
Desde otra mirada, se puede entender la decisión de Javier Aguirre. El contexto era límite: México estaba fuera si no encontraba el gol. El marcador, el reloj y la inercia emocional empujaban a llenar el área rival. En esa urgencia, la lógica más inmediata dice: «más delanteros, más opciones de remate».
El técnico apostó por volumen de ataque: sumar cuerpos en zona de definición para cazar un rebote, ganar una segunda jugada o forzar un error del rival. Es una decisión frecuente en finales cerrados, donde el orden táctico suele ceder ante la necesidad imperiosa de marcar.
Sin embargo, como subrayó la crítica, añadir atacantes no siempre equivale a atacar mejor. Si en el camino se sacrifica la amplitud, se renuncia al desborde y se pierden los centros desde el fondo, el área se llena de camisetas, pero no necesariamente de ocasiones claras.
¿Qué alternativas tenía México en el cierre?
La discusión también pasa por lo que el equipo pudo haber intentado en lugar de la acumulación de nueves. Una opción habría sido mantener solo dos delanteros de referencia y conservar, al mismo tiempo, extremos o laterales de vocación ofensiva bien abiertos para estirar la defensa inglesa.
Otra posibilidad hubiera sido retrasar unos metros a uno de los delanteros para que actuara como segundo punta o mediapunta, recibiendo entre líneas, girando y filtrando pases a los otros dos. De esa forma, la presencia de tres atacantes se habría traducido en distintas alturas y funciones, y no en tres hombres clavados en la misma franja del campo.
Incluso, se podría haber optado por un interior con buena llegada desde atrás que atacara el espacio libre generado por la fijación de los centrales en los nueves. Sin embargo, el plan final se decantó por poblar la zona de remate sin acompañar ese ajuste con variantes claras de generación por fuera.
La importancia de la coherencia entre lo entrenado y lo ejecutado
Otro punto implícito en la frase «tres delanteros es algo que no practicaste» tiene que ver con la coherencia del plan. Cuando un equipo trabaja durante semanas o meses cierto modelo -con dos puntas, con extremos bien abiertos, con laterales profundos- y en el momento clave se rompe esa estructura para improvisar algo poco ensayado, los riesgos aumentan.
Los jugadores, bajo máximo estrés, tienden a repetir automatismos entrenados. Si el dibujo cambia radicalmente sobre la marcha, la coordinación se resiente: aparecen dudas, se duplican movimientos, se pierden referencias. De ahí la sensación de que, más que un cambio estructurado, la apuesta de Aguirre terminó pareciendo una maniobra desesperada.
La crítica no es solo a la audacia, sino a la falta de un plan B trabajado con la misma profundidad que el sistema base. En torneos cortos como un Mundial, esos detalles suelen marcar la diferencia entre competir hasta el final y quedar en la orilla.
Un partido que deja orgullo… y lecciones
Pese a todo, la actuación de México no se resume en ese ajuste final. El equipo compitió, reaccionó, se acercó en el marcador y mantuvo viva la esperanza hasta los últimos minutos ante una de las selecciones más potentes del mundo. Esa imagen de carácter y rebeldía también forma parte del balance.
Sin embargo, la eliminación deja un sabor agridulce. La sensación es que el Tricolor tuvo momentos para hacer daño real a Inglaterra cuando mantuvo su estructura, aprovechó las bandas y generó centros desde zonas peligrosas. El giro hacia el triple nueve, lejos de potenciar esas virtudes, las terminó diluyendo.
La decisión de cerrar el partido con tres delanteros será, sin duda, uno de los capítulos más revisados de este duelo. Quedará como ejemplo de cómo una apuesta ofensiva, concebida para rescatar un Mundial, puede terminar apagando justamente aquello que daba más posibilidades de lograr el objetivo: la profundidad y la claridad en el último tercio.
Lo que viene para México tras la eliminación
Más allá de nombres propios, el caso reabre un debate de fondo en el futbol mexicano: la necesidad de construir selecciones con planes de juego flexibles, pero coherentes; capaces de cambiar sobre la marcha sin perder identidad ni orden.
El análisis posterior al México-Inglaterra no debería limitarse a señalar culpables, sino a entender por qué, en un momento clave, se eligió una vía que chocaba con lo mejor que el propio equipo había mostrado durante el torneo. Aprender de ese contraste es el reto para el cuerpo técnico, para los jugadores y para la estructura que rodea a la Selección.
Al final, la derrota 3-2 ante Inglaterra deja dolor, sí, pero también una serie de preguntas útiles. Entre todas, una se impone: ¿cómo convertir la valentía de ir al frente en un plan ofensivo realmente eficaz, que sume atacantes sin renunciar a la amplitud, la profundidad y la inteligencia en la ocupación de espacios? La respuesta, más que en un cambio de nombres, estará en la forma de entender y trabajar el juego en los próximos años.
