Javier Aguirre y la reivindicación que solo se consuma ante Inglaterra… o Congo
Cuando se anunció que Javier Aguirre tomaría por tercera vez las riendas de la Selección Mexicana rumbo a un Mundial, el país futbolero se dividió. No predominó precisamente la ilusión, sino la desconfianza. Muchos recordaron de inmediato los fantasmas de Corea-Japón 2002 y Sudáfrica 2010, aquellas eliminaciones dolorosas frente a Estados Unidos y Argentina que marcaron a fuego su nombre en la memoria del aficionado. Volvía el «Vasco», sí, pero cargando una pesada mochila de reproches históricos.
Hoy, en pleno Mundial 2026, el escenario es radicalmente distinto. Aguirre ha puesto a México en el mapa del torneo como una de las selecciones más sólidas de la competencia. Ha firmado una Fase de Grupos perfecta, algo inédito en la historia tricolor. No solo ganó todos sus partidos, sino que además construyó una muralla defensiva que suma ya 360 minutos sin recibir gol. Cuatro juegos, cero tantos en contra. Un registro que no aparece en ningún otro capítulo del fútbol mexicano.
Pero sobre esa exhibición de solvencia flota un «pero» testarudo, casi caprichoso. Porque, pese a lo logrado, el relato alrededor de Aguirre sigue incompleto. Él mismo lo sabe. Sabe que el verdadero juicio no se dicta en la primera ronda, sino cuando llegan las noches en que un error te manda a casa. México ha roto una maldición de 40 años al ganar un partido de eliminación directa -el duelo de 16avos de final contra Ecuador-, pero el listón histórico sigue estando más arriba: los cuartos de final.
En este contexto, el propio técnico ha dejado claro que su objetivo no es solo «hacerlo bien» o «competir con dignidad». En cada conferencia de prensa desde el Estadio Ciudad de México repite la misma idea: el reto es hacer algo diferente, romper el techo de cristal que durante décadas ha encajonado al Tricolor. Todo lo demás, por histórico que parezca -fase de grupos perfecta, invulnerabilidad defensiva, irrupción de jóvenes promesas- se queda corto si no va acompañado de un paso más en la tabla de la memoria colectiva.
El cambio más llamativo en este tercer ciclo de Aguirre no está solo en la pizarra, sino en el propio personaje. Lejos de aquel técnico explosivo, gesticulante, que reaccionaba con rabia y vivía cada decisión como un combate personal, ahora se ve a un entrenador más sereno, casi paternal. En lugar de hablar de presión y urgencias, habla de familia, de recuerdos, de disfrutar el momento, de «no preocuparse de lo que uno no controla». Esa metamorfosis emocional se ha trasladado al vestuario: el ímpetu desbordado que antes emanaba de él ahora lo llevan sobre sus hombros los futbolistas.
La selección que hoy dirige ya no es ese equipo al que se tildaba de «ratón» en escenarios grandes. La etiqueta, tantas veces repetida, parece haberse enterrado en el pasado. El atrevimiento de un adolescente como Gilberto Mora, quien con apenas 17 años ha sacudido el panorama internacional, es el símbolo más evidente de una generación que no se achica. A su lado, un «killer» de talla mundial como Julián Quiñones ofrece una solución letal en el área, mientras que Raúl Jiménez, después de tres procesos mundialistas sin consolidarse como el ‘9’ indiscutible, ha encontrado por fin ese rol de delantero total que tanto se le demandaba.
Detrás de ellos, en el banquillo, se encuentra otro factor clave: la presencia silenciosa pero influyente de Guillermo Ochoa. Seis Mundiales lo contemplan, pero ahora su papel va más allá de defender el arco. Es una especie de consigliere del nuevo guardián, Tala Rangel, un joven portero al que ha arropado con experiencia, calma y respaldo. La mezcla entre el viejo líder que ya lo ha visto todo y la nueva generación que irrumpe sin complejos es uno de los grandes aciertos de este proyecto.
Y sin embargo, todo eso, por brillante que suene, todavía no alcanza para cerrar la herida histórica. Aguirre está muy cerca de la reivindicación total, pero aún no ha cruzado el umbral. Falta un partido. Falta ese duelo que marque un antes y un después: un cruce de octavos que, dependiendo de resultados, podría ser ante Inglaterra o ante Congo. Dos selecciones muy distintas, pero que representan, cada una a su manera, el examen definitivo.
Inglaterra simboliza el peso pesado de siempre: una potencia europea, plagada de figuras de élite, acostumbrada a vivir rodeada de expectativas. Vencer a un rival así no sería solo un pase a cuartos, sería un mensaje al mundo: México puede superar a gigantes en partido de matar o morir. Congo, por su parte, encarna otro tipo de reto: el de no fallar ante un rival, en teoría, menos encumbrado. Esa clase de encuentros también han sido históricamente un problema para el Tricolor, que en otras Copas del Mundo se marchó a casa sin haber enfrentado a potencias, pero incapaz de imponerse cuando la presión de «tener que ganarle al menor» se hace insoportable.
Para Aguirre, pues, la verdadera prueba de fuego no es solo táctica o física, sino mental. ¿Podrá su México mantener la solidez defensiva, la calma emocional y la eficacia en áreas en una instancia que durante décadas ha sido un muro psicológico? Romper la barrera de los octavos no es únicamente una cuestión de fútbol: implica desmontar un relato que parece heredarse de generación en generación.
En este sentido, la figura del Vasco está envuelta en una especie de paradoja. Está a punto de convertirse, por méritos cuantificables, en el técnico más exitoso en la historia del fútbol mexicano: múltiples procesos mundialistas, experiencia internacional, impacto directo en romper rachas nefastas. Pero para gran parte del aficionado, la verdadera medida del éxito no está en las estadísticas, sino en esa línea simbólica llamada «cuartos de final». Es ahí donde se define si su nombre termina definitivamente del lado de los héroes o se queda anclado en el rincón de las oportunidades desperdiciadas.
Lo más interesante es que el propio Aguirre parece haber hecho las paces con su pasado. Ha reconocido, sin evasivas, que sus dos primeros procesos con el Tricolor dejaron heridas abiertas. Y al mismo tiempo, ha dejado entrever que ya no carga con la ansiedad de redimirse a toda costa. Juega -y hace jugar- desde un lugar de mayor madurez. No busca borrar 2002 y 2010, busca algo más complejo: demostrarse a sí mismo que es capaz de conducir a México hacia un territorio inexplorado.
Esta serenidad no significa falta de ambición. Al contrario, se percibe un técnico consciente de que está probablemente ante su última gran oportunidad en un banquillo mundialista de Selección. Por eso cuida cada detalle: la gestión de minutos de los veteranos, la protección mediática de los más jóvenes, el manejo del entorno para que el grupo se aísle del ruido y se concentre en lo esencial. Sus ruedas de prensa ya no son un ring, sino una extensión del vestuario: mensajes hacia dentro, más que respuestas hacia fuera.
Desde una óptica histórica, el contexto ayuda a dimensionar lo que está en juego. México solo ha alcanzado los cuartos de final en dos ocasiones, en 1970 y 1986, siempre como anfitrión. Nunca lo ha logrado fuera de casa. Por eso, el boleto a esa instancia en 2026 no sería un logro menor, sino la validación de que la Selección puede trascender sin depender del factor localía. Aguirre lo sabe: quedarse otra vez en octavos, pese a todo el buen torneo, alimentaría el discurso de «más de lo mismo».
También es justo decir que este equipo se ha ganado el derecho a soñar con algo más que el famoso «quinto partido». La estructura defensiva sólida, la evolución táctica del mediocampo, la variedad de recursos en ataque y el equilibrio entre juventud y experiencia permiten imaginar a México compitiendo de tú a tú con selecciones tradicionalmente superiores. El desafío, sin embargo, es sostener ese nivel en los momentos de máxima presión. Ahí es donde Aguirre debe marcar la diferencia respecto a sus versiones anteriores.
A corto plazo, Inglaterra o Congo representan mucho más que un rival de octavos. Son el espejo en el que se mirará todo un país. Si México cae, las viejas dudas volverán con más fuerza. Si México avanza, el relato cambiará para siempre, y el nombre de Javier Aguirre quedará ligado de manera definitiva a la gesta que durante décadas se vio como una utopía. Entonces sí, la reivindicación dejaría de ser un deseo para convertirse en un hecho.
De ahí que, por contradictorio que suene, a Aguirre le importe poco ser catalogado como «el más exitoso» desde las estadísticas. Lo que lo obsesiona es ese pequeño gran matiz: hacer algo que nadie ha hecho con México en un Mundial moderno sin ser anfitrión. El resto -las cifras, los récords, las portadas- llegará solo si la pelota sigue entrando, si la red se mantiene inviolable y si el vestuario continúa respondiendo a su mensaje.
Si al final se consuma el pase histórico, el país entero podrá, por fin, pronunciar sin titubeos esa frase que se ha repetido entre resignación y esperanza: «¿Y si sí…?». Porque entonces no solo se estaría hablando de un triunfo, sino de una auténtica ruptura con décadas de frustraciones. Y en el centro de esa escena, guste o no, estará Javier Aguirre, el técnico que entró de nuevo por la puerta de la duda y que está a un solo partido de salir por la puerta grande de la historia.
