Nicolás Larcamón, Martín Anselmi y Ricardo Peláez: la cadena de escándalos que ha sacudido a Cruz Azul
La historia reciente de Cruz Azul está marcada por una paradoja constante: cuando el equipo parece haber encontrado estabilidad, algo se rompe de manera abrupta. El término «cruzazulear» nació para describir derrotas increíbles dentro de la cancha, pero con el paso del tiempo también se ha vuelto un sinónimo de crisis estructurales, decisiones incomprensibles y conflictos directivos que impactan el proyecto deportivo. La destitución de Nicolás Larcamón, a pesar de tener al equipo en zona alta de la tabla y con boleto prácticamente asegurado a la Liguilla del Clausura 2026, es solo el capítulo más reciente de una larga telenovela celeste.
Lo inusual del despido de Larcamón no reside solo en la estadística -era el cuarto lugar general y el equipo con mejor cosecha de puntos en el año futbolístico-, sino en el mensaje institucional que deja: aun con resultados, nadie tiene el puesto asegurado. Con un partido pendiente antes de afrontar la Fase Final, la directiva decidió cortar el proyecto, reavivando recuerdos de otros episodios polémicos que han dejado huella profunda en la afición cementera.
Uno de los antecedentes más recordados ocurrió en el Clausura 2003. Cruz Azul disputaba el torneo de Liga y la Copa Libertadores, pero una goleada sufrida ante Fénix de Uruguay detonó una de las decisiones más drásticas en la historia del club. En aquel momento, el presidente de la Cooperativa, Guillermo Álvarez Cuevas, optó por rescindir el contrato de todo el plantel profesional para obligar a una renegociación general de condiciones. Prácticamente se vació el vestidor de un plumazo.
Varios referentes del equipo se negaron a aceptar los nuevos términos contractuales. Entre ellos estaban Óscar «Conejo» Pérez, Francisco Palencia, Sebastián «Loco» Abreu y Melvin Brown, jugadores que eran pilares del proyecto deportivo. Ante la negativa, la directiva se vio obligada a encarar el tramo final del torneo con una base de jóvenes, mientras se buscaba llegar a acuerdos con los futbolistas estelares. Aquel episodio no solo dañó el rendimiento inmediato del equipo, también evidenció la fragilidad de la relación entre jugadores y cúpula dirigencial.
Otro momento clave en la historia de los escándalos cruzazulinos se dio en el Clausura 2007. Deportivamente, el equipo parecía encaminado a pelear seriamente por el título: alcanzó las semifinales y se midió a Pachuca. Sin embargo, tras caer 1-3 en el Estadio Azul en el partido de ida, la remontada en la vuelta jamás tuvo lugar, no por lo futbolístico sino por un error administrativo que se convirtió en vergüenza pública.
La ‘Máquina’ fue eliminada en la mesa debido a la alineación indebida de Salvador Carmona. El Tribunal de Arbitraje Deportivo ya había señalado que el lateral derecho no podía participar, luego de reincidir en un caso de dopaje por el que había sido sancionado previamente tras la Copa Confederaciones con la selección mexicana. A pesar de la advertencia, Cruz Azul decidió utilizarlo en el compromiso de ida. El castigo fue contundente: descalificación automática y otra oportunidad de título tirada por la borda, ahora no por fallos en la cancha, sino por irrespeto a una resolución internacional.
La exposición pública de los conflictos internos no se limita a decisiones deportivas o administrativas. El 5 de septiembre de 2019, la crisis se trasladó a la pantalla de televisión. En plena transmisión de un programa de análisis futbolístico, Ricardo Peláez, entonces director deportivo del club, presentó su renuncia en vivo, mientras era entrevistado junto con el directivo Víctor Garcés. Peláez aseguró sentirse invadido en sus funciones, luego de que la cúpula decidiera imponer a Robert Dante Siboldi como entrenador tras la destitución de Pedro Caixinha, prescindiendo de su opinión en un área que, en teoría, estaba bajo su control.
Aquel episodio dejó al descubierto las luchas internas por el poder dentro de la estructura de Cruz Azul. La renuncia pública de Peláez no solo debilitó el proyecto deportivo que estaba en construcción, también dañó la imagen institucional del club, al exhibirse ante millones de aficionados como una organización incapaz de mantener coherencia entre su discurso y sus decisiones.
Con el paso de los años, la inestabilidad continuó. En enero de 2025, el argentino Martín Anselmi, convertido en figura de culto para gran parte de la afición por su estilo de juego y su manejo de grupo, rompió su vínculo con Cruz Azul de manera abrupta. Pese a tener contrato vigente hasta 2027, decidió marcharse a Portugal para firmar como nuevo director técnico del Porto. La situación escaló hasta llegar de nuevo al Tribunal de Arbitraje Deportivo, en medio de un conflicto legal entre el club mexicano, el entrenador y la institución europea.
Más allá de los alegatos jurídicos, el hecho fue contundente: Cruz Azul se quedó sin el entrenador que había sentado las bases de un nuevo proyecto. La sensación para muchos aficionados fue de traición, pero también de vulnerabilidad, pues el club no logró blindarse contractualmente para impedir la salida súbita de su estratega. La historia parecía repetirse: cuando se encontraba cierta estabilidad, un giro inesperado volvía a alterar todo.
Tras la partida de Anselmi, el banquillo quedó en manos del uruguayo Vicente Sánchez como técnico interino. Contra todos los pronósticos, Sánchez logró encauzar al equipo a un nivel competitivo notable: alcanzó las semifinales de Liga, donde fue eliminado por el América, y consiguió el título de la Concacaf Champions Cup con una goleada contundente de 5-0 sobre el Vancouver Whitecaps. El trofeo continental parecía el argumento perfecto para darle continuidad al proyecto del uruguayo.
Sin embargo, la directiva optó por no renovarle el cargo y, en su lugar, eligió a Nicolás Larcamón como nuevo entrenador. La decisión volvió a generar voces críticas, al considerar que se estaba cortando de raíz un proyecto exitoso para apostar por otro camino, sin una explicación deportiva clara. Paradójicamente, tiempo después Larcamón sería destituido en otro contexto que muchos consideraron incomprensible, completando el círculo de inestabilidad.
La salida de Larcamón, a pesar de los buenos números, refuerza la percepción de que en Cruz Azul la paciencia es un recurso escaso. En lugar de construir un proyecto a largo plazo, las decisiones parecen responder a impulsos, presiones internas o cambios constantes de criterios. Este patrón tiene consecuencias directas: cada nuevo cuerpo técnico implica una reestructuración de plantel, variantes tácticas, nuevas jerarquías en el vestidor y, sobre todo, tiempo de adaptación que pocas veces se respeta.
Si se observa el conjunto de estos episodios -el rompimiento masivo de contratos en 2003, la eliminación por alineación indebida en 2007, la renuncia televisada de Peláez en 2019, la salida abrupta de Anselmi en 2025, el breve interinato exitoso de Vicente Sánchez y el polémico despido de Larcamón-, se dibuja un denominador común: una institución que, de manera recurrente, se ve envuelta en decisiones extremas y crisis autogeneradas. No son simples errores aislados, sino síntomas de una estructura que no termina de encontrar equilibrio entre lo deportivo y lo directivo.
Para la afición, cada escándalo deja cicatrices. Los seguidores cementeros se han acostumbrado a convivir con la incertidumbre: un día celebran fichajes, logros y proyectos ambiciosos; al siguiente, despiertan con noticias de renuncias, despidos o sanciones que alteran por completo el panorama. Este vaivén permanente explica por qué el concepto de «cruzazulear» trasciende el marcador: es una mezcla de ilusión y golpe de realidad que se repite una y otra vez.
El impacto de estos episodios también se refleja en el ámbito deportivo. Los constantes cambios de proyecto complican la consolidación de una idea de juego y de una columna vertebral estable. Jugadores que llegan a la institución se encuentran con técnicos que duran poco, con directivos que entran y salen, y con una presión extra por responder de inmediato en un entorno que, muchas veces, no ofrece certezas a largo plazo. Esa falta de continuidad ha sido señalada en varias ocasiones como uno de los factores que explican por qué Cruz Azul, a pesar de contar con planteles competitivos, ha batallado tanto para mantenerse como protagonista constante en la Liga.
A la vez, cada crisis abre una puerta para replantear el futuro. La pregunta que sobrevuela tras la salida de Larcamón es si Cruz Azul aprovechará este nuevo punto de quiebre para rediseñar su modelo de gestión o si se repetirá el ciclo de apuestas cortas y decisiones drásticas. El club tiene recursos, historia, afición y mercado suficientes para sostener un proyecto sólido; lo que ha faltado es coherencia a largo plazo y una estructura capaz de blindarse ante impulsos o intereses que desvían el rumbo.
El reto actual no se reduce a elegir al próximo entrenador. Implica revisar cómo se toman las decisiones, quién las toma, con qué criterios y qué grado de respaldo real se ofrece a quienes asumen el banquillo. Solo así será posible romper con esa larga sucesión de escándalos y devolver a Cruz Azul a un escenario donde las noticias principales se generen dentro de la cancha, y no en los despachos, tribunales o programas de televisión. Mientras eso no ocurra, la telenovela cementera seguirá sumando capítulos, y nombres como Larcamón, Anselmi o Peláez serán solo algunos de muchos protagonistas en una historia marcada por la inestabilidad.