«Estados Unidos viene preparando este Mundial 2026 hace 10 años, ¿y México?».
La frase de Hernán Cristante cayó como un dardo directo a la Federación Mexicana de Futbol después del debut del Tri y de la contundente goleada de Estados Unidos sobre Paraguay en su presentación en la Copa del Mundo 2026. El contraste entre ambos equipos, más allá del marcador, expuso dos modelos de trabajo completamente distintos.
Mientras la Selección Mexicana arrancó con un triunfo sufrido ante Sudáfrica, el conjunto dirigido por Mauricio Pochettino dejó una imagen arrolladora: intensidad, claridad en las ideas, automatismos trabajados y una plantilla sólida, construida a lo largo de años. Para Cristante, analista de televisión y figura histórica del Toluca, el rendimiento estadounidense no es casualidad, sino el resultado de un plan a largo plazo que México nunca terminó de asumir.
El exarquero fue tajante al señalar que el proyecto de Estados Unidos rumbo al 2026 no nació con la asignación de la sede, sino mucho antes: «Estados Unidos viene preparando este Mundial desde hace una década». En su análisis, subrayó que el crecimiento del futbol estadounidense está sustentado en procesos bien estructurados, inversión en fuerzas básicas y una estrategia clara para exportar jugadores a ligas europeas, donde se terminan de pulir compitiendo al máximo nivel.
Cristante remarcó que la diferencia no solo radica en la organización, sino en la calidad actual de las plantillas: a su juicio, hoy Estados Unidos cuenta con un grupo de futbolistas más competitivo que el mexicano, tanto por la cantidad de elementos en Europa como por el tipo de ligas y clubes en los que militan. Esa realidad, dijo, es la consecuencia directa de una visión en la que el desarrollo deportivo fue prioridad y no un simple accesorio del negocio.
Al comparar la actuación de Estados Unidos ante Paraguay con la del Tri frente a Sudáfrica, el argentino no se quedó en la anécdota de un partido. Su crítica apuntó a la estructura del futbol mexicano: «Ellos trabajan de otra manera, nosotros tratamos de enviar jugadores en un mercado muy caro. Este mercado adquiere jugadores para competir; el de Estados Unidos adquiere para aumentar masa». Para él, la diferencia es clara: mientras el sistema estadounidense busca generar volumen de talento y competencia interna, México se limita a colocar algunos futbolistas en el extranjero sin una planificación global.
Uno de los señalamientos más duros de Cristante tuvo que ver con la relación entre lo deportivo y lo comercial. Según su lectura, en Estados Unidos ambos rubros están claramente separados: la parte deportiva se rige por criterios de rendimiento y proyección, y la comercial se gestiona con otra lógica. En cambio, en México el negocio sigue dominando casi todas las decisiones: «En México todavía no lo separamos, sigue siendo el aspecto comercial más importante que el aspecto deportivo».
En la mesa de análisis se recordó también que esta superioridad estadounidense frente a México en momentos clave no es nueva. Fernando Cevallos trajo a colación la eliminación del Tri a manos de Estados Unidos en un Mundial anterior, cuando los norteamericanos ni siquiera contaban con tantos elementos en Europa. «Cuando no los tenía también le ganó a México en un Mundial», recordó, como prueba de que el problema mexicano no se limita a la actualidad, sino que se arrastra desde hace varios ciclos.
A partir de ahí, la discusión se centró en una pregunta de fondo: ¿por qué, si México es una potencia regional a nivel de infraestructura y negocio, no ha sido capaz de construir un proyecto deportivo consistente? Cristante apuntó a una mezcla de decisiones cortoplacistas, presión por resultados inmediatos y cambios constantes en la dirección deportiva y técnica del seleccionado. Cada fracaso implica un borrón y cuenta nueva, en lugar de ajustar el camino dentro de una misma línea de trabajo.
La situación contrasta con el modelo estadounidense, donde se apostó por una liga estructurada, reglas que favorecen la formación de jugadores locales y una red de captación desde academias y universidades. El objetivo fue claro: llegar al Mundial 2026, en casa, con una generación madura, habituada a competir en Europa y respaldada por un ecosistema profesional sólido. A ojos de Cristante, eso explica por qué hoy Estados Unidos luce un equipo más ordenado, dinámico y con mayor recambio.
El señalamiento al futbol mexicano va más allá del Tri mayor. La crítica alcanza a las categorías inferiores, donde, según numerosos especialistas, falta continuidad en procesos, se improvisan proyectos y se prioriza el resultado inmediato en torneos juveniles por encima de la formación integral del futbolista. A ello se suma la limitada presencia de jóvenes en la Liga MX, donde las plazas de extranjeros y la urgencia de ganar frenan en muchas ocasiones la consolidación de talentos locales.
Otro aspecto que se puso sobre la mesa es la diferencia en la mentalidad institucional. En Estados Unidos, el fracaso en el ciclo anterior, cuando se quedaron fuera de un Mundial, desencadenó una revisión profunda del modelo, pero sin dinamitarlo por completo. Se ajustaron áreas, se reforzaron estructuras y se mantuvo la idea central de apostar por el crecimiento deportivo a largo plazo. En México, por el contrario, cada eliminación dramática suele traducirse en cambios de entrenador, modificaciones improvisadas en los torneos locales y reformas que, con frecuencia, se quedan a la mitad.
Cristante insistió en que no se trata de copiar todo lo que hace Estados Unidos, sino de entender que sin una planeación genuina de largo plazo, México seguirá dependiendo de generaciones aisladas y de momentos de inspiración individual. El exarquero destacó que el país tiene materia prima, afición, estadios y recursos, pero carece de una visión unificada que alinee clubes, selección, fuerzas básicas y ligas menores hacia un mismo objetivo deportivo.
De fondo, su mensaje apunta a la Federación Mexicana de Futbol, a la que responsabiliza de no haber aprovechado la oportunidad histórica que significaba ser coanfitrión del Mundial 2026. Mientras Estados Unidos utilizó una década para edificar un proyecto integral, México llegó a la cita con cambios recientes, dudas en la estructura y sin una identidad futbolística clara. El resultado es un seleccionado que compite, pero que sigue sin dar el salto que la afición lleva años esperando.
La goleada de Estados Unidos sobre Paraguay, por sí sola, no define todo un proceso, pero sirve como escaparate de dos caminos opuestos: uno que apostó por la inversión en formación, ciencia aplicada al deporte y exportación sistemática de talentos; y otro que continúa atrapado entre intereses comerciales, calendarios saturados y decisiones coyunturales. Para Cristante, mientras esa brecha de enfoque no se cierre, las comparaciones seguirán siendo incómodas para México.
En este contexto, el debut del Tri ante Sudáfrica, aunque victorioso, dejó más interrogantes que certezas. La sensación de que el equipo depende demasiado de chispazos individuales y carece de una estructura tan reconocible como la de los estadounidenses alimenta el debate sobre si se llegó realmente preparado a la Copa del Mundo o si se desaprovechó un ciclo que pudo haberse utilizado para transformar el modelo.
A mediano plazo, la disyuntiva para México es clara: continuar priorizando el negocio sobre el desarrollo deportivo o asumir el costo de una reestructuración profunda que incluya dar más minutos a jóvenes, regular con mayor firmeza la presencia de extranjeros, profesionalizar aún más la formación y blindar un proyecto de selección nacional que no se derrumbe con cada tropiezo. Cristante, con su crítica, no solo describe una realidad incómoda, sino que lanza una advertencia: los rivales de la zona ya dieron pasos hacia adelante y no esperan a que México se ponga al día.
Al final, la frase «Estados Unidos viene preparando este Mundial 2026 hace 10 años, ¿y México?» sintetiza una sensación compartida por muchos analistas: el país que históricamente veía al norteamericano como un rival en construcción, hoy lo observa como una selección que lo ha alcanzado -y en algunos aspectos lo ha superado- gracias a la planificación. La gran incógnita es si, tras este Mundial, la dirigencia mexicana estará dispuesta a aprender de ese contraste y a colocar, por fin, lo deportivo por encima de todo lo demás.
